Taxonomía Verde Europea, el freno al Green Washing

David Wallace-Wells, autor y periodista estadounidense experto en la crisis climática, describe la historia de las emisiones de CO2 en su libro «El planeta inhóspito: la vida después del calentamiento» como: «La historia ‘kamikaze’ del mundo industrial es la historia de una vida: el planeta fue llevado de una aparente estabilidad hasta el borde de la catástrofe en los años que van de un bautizo a un funeral”.

Vivimos tiempos convulsos. Las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado durante el último siglo de forma imparable. El mundo ya no es ni volverá a ser el mismo que era en 2015 cuando, fruto de El Acuerdo de París, los líderes mundiales aprobaron la agenda 2030 y nacieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), precedidos por los Objetivos del Milenio.

Siete años después, empresas, Gobiernos y sociedad en general vivimos cada vez más comprometidos con el cumplimiento de estos objetivos, aunque algunos acontecimientos, como la pandemia del COVID-19 o la reciente invasión de Rusia sobre Ucrania, parecen cambiar el paso y los planes anteponiendo lo más urgente, que es salvar la vida de muchas personas o evitar una tercera Guerra Mundial.

Sin embargo, no por ello se han de dejar de lado iniciativas como el Pacto Verde Europeo para que todos los países remen en el mismo sentido en pro de conseguir la neutralidad del carbono para lograr frenar el cambio climático. Y es que, contribuir a la descarbonización está en manos de todas las compañías, especialmente en las del sector financiero, que suponen la llave económica para hacer realidad iniciativas y proyectos sostenibles, desde infraestructuras hasta los hogares que habitamos.

2022 está llamado a ser el año de la sostenibilidad, primero por la llegada y reparto de los Fondos Next Generation EU, que suponen una ayuda directa de más de 6.800 millones de euros para la rehabilitación energética de nuestro parque edificado, de los que 3.400 millones se destinarán a la rehabilitación de viviendas, y que serán complementados con financiación sostenible proveniente de entidades financieras.

En segundo lugar, pero no menos importante, por la llamada Taxonomía Verde Europea, un mecanismo para que inversores y empresas puedan comparar y evaluar el impacto de los proyectos sobre el medio ambiente. Dicho de otra manera, la Taxonomía Verde supone integrar el impacto climático en la tradicional visión empresarial de Riesgo – Rentabilidad.

La propia Unión Europea define a esta herramienta como sólida y de base científica, que permitirá crear un lenguaje común para los inversores, donde éstos podrán recurrir al interesarse en proyectos o iniciativas que mejoren el clima. Además, la taxonomía incorpora obligaciones de reporting para las compañías en los mercados financieros.

De este modo, la Unión Europea tiene como objetivo dotar a empresas e inversores de una clara definición de lo que sí y no es sostenible para evitar el famoso greenwashing. En términos marketinianos podríamos decir que la taxonomía verde va a acabar con el storytelling, que únicamente se sustentaba en relato, al storydoing, que podría simplificarse como: “no lo cuento, lo hago”.

Así, a partir de ahora, aquellas compañías que aún no hayan adaptado su estrategia a los criterios ESG (Environmental, Social y Governance), estarán llamadas a hacerlo en el corto plazo, introduciendo la variable de la sostenibilidad en su cuenta de resultados, un cambio que requiere de una transformación cultural y que ha llegado para quedarse.

¿Son el gas natural y la energía nuclear verdes?

Un detalle sobre la taxonomía que ha dado lugar a debates y ocupado páginas en numerosos medios es la inclusión de fuentes como el gas natural y la energía nuclear como energías de transición hacia un futuro en el que predominen las energías renovables, la vía para conseguir los objetivos 2050.

Cabe recordar que el 75% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en la UE provienen del uso de la energía y aquí es donde estas dos fuentes toman especial relevancia, en el caso del gas como sustituto del carbón, y en el caso de la energía nuclear, en aquellas centrales que cuenten con un plan establecido para la eliminación de sus desechos.

De hecho, la Unión Europea impulsará en los próximos años el desarrollo de fuentes como el hidrógeno o la energía mareomotriz, también llamada energía oceánica o marina y que se consigue con el movimiento de las mareas.

Catia Alvés, directora de Sostenibilidad y Responsabilidad Corporativa en UCI, Unión de Créditos Inmobiliarios